El Sello

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Menos Palabras, más Cercanía

Por Leandro Jesús Oviedo

30 de enero de 2026

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Hay gestos que no hacen ruido, pero cambian el clima de una habitación. No avisan que llegan, no piden permiso, no se anuncian. Simplemente suceden. Un abrazo sincero. Una mano apoyada en el hombro. Alguien que se queda cuando todos ya se fueron. Son gestos pequeños, casi invisibles, pero tienen un poder enorme: ordenan el alma.

En un mundo que vive acelerado, donde todo corre, se mide y se compara, la cercanía se volvió un lujo. Y no porque sea cara, sino porque requiere algo que hoy escasea: tiempo, atención y disposición. Nunca estuvimos tan conectados a pantallas, redes y mensajes… y nunca tan desconectados de las personas que tenemos al lado.

Vivimos en la era de la respuesta rápida. Opinamos antes de escuchar. Aconsejamos sin entender. Pasamos de largo porque «no tenemos tiempo». Pero después nos preguntamos por qué hay tanto cansancio emocional, tanta soledad silenciosa, tanto corazón agotado.

Decía un sabio: «La gente no siempre recuerda lo que dijiste, pero sí cómo la hiciste sentir”. Y esa frase no envejece nunca. Porque es real. Podemos olvidar palabras exactas, fechas, conversaciones enteras… pero jamás olvidamos quién nos hizo sentir importantes, acompañados, valorados. Eso queda grabado en un lugar profundo.

A veces no hace falta una solución. Hace falta presencia.

No hace falta un discurso. Hace falta tiempo.

No hace falta una opinión. Hace falta escuchar.

Escuchar de verdad. No mientras miramos el celular. No mientras pensamos qué vamos a responder. Escuchar con el cuerpo, con la mirada, con el silencio. Escuchar hasta entender, no hasta contestar.

En lo cotidiano lo vemos todo el tiempo. Un abrazo calma más que mil mensajes bien escritos. Una visita vale más que el mejor consejo por WhatsApp. Un “estoy acá” pesa más que tener razón. Porque cuando alguien está atravesando una crisis, no necesita un ganador del debate, necesita un compañero de camino.

La vida no se trata solo de avanzar, de cumplir metas, de llegar antes que otros. También se trata de detenerse. De mirar alrededor. De preguntarse quién quedó atrás. De acompañar a los que no pueden seguir el ritmo. Porque no todos corren igual, ni todos cargan el mismo peso.

Hay personas que no necesitan que las levanten… necesitan que no las apuren.

Hay personas que no buscan respuestas… buscan contención.

Hay personas que no piden ayuda… pero gritan con el silencio.

¿Cuántas veces alguien solo necesitaba ser escuchado sin ser interrumpido?

¿Cuántas veces una presencia evitó una decisión equivocada?

¿Cuántas heridas no se cerraron con palabras, sino con alguien que se sentó al lado y se quedó?

La fe, cuando es auténtica, no se nota en los discursos largos ni en las frases aprendidas. Se nota en los gestos. En la manera de tratar al otro. En cómo miramos al que sufre. En si estamos dispuestos a incomodarnos por alguien más.

Jesús no impresionaba por hablar bonito ni por grandes explicaciones teológicas. Impactaba porque se acercaba. Se detenía cuando nadie se detenía. Tocaba a los que nadie tocaban. Miraba a los ojos a los invisibles. Se sentaba con los rechazados. Acompañaba sin apuro. Amaba sin condiciones.

No corría detrás de la fama. Corría detrás de las personas.

No buscaba multitudes. Buscaba corazones.

Tal vez hoy el verdadero desafío no sea creer más, saber más o discutir más. Tal vez el desafío sea vivir más cerca. Estar más disponibles. Ser menos correctos y más humanos. Menos apurados y más presentes.

Porque el mundo no necesita más ruido. Necesita más cercanía.

No necesita más explicaciones. Necesita más abrazos.

No necesita más opiniones. Necesita más amor en acción.

Y al final del día —y de la vida— Dios rara vez se manifiesta en lo espectacular. Casi siempre aparece en lo sencillo. En lo pequeño. En lo cotidiano.

Justo ahí…

donde alguien decide quedarse cuando podría irse,

donde alguien decide escuchar cuando podría hablar,

donde alguien decide abrazar en vez de pasar de largo.

(Lucas 10:33-34) «Un samaritano que pasaba por allí se acercó al hombre y, al verlo, sintió compasión por él. Le curó las heridas con vino y aceite de oliva y se las vendó. Luego lo subió a su propio animal, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó».

Leandro Jesús Oviedo

Es comunicador, escritor y orador, con una vocación clara: inspirar a la generación actual a conocer y servir a Dios en todas las áreas de la vida. Fue ordenado como evangelista por sus apóstoles Sergio y Liliana Galetto del Ministerio Fuente de Vida. Es autor de los libros: “Descubre quién eres”, “El Café de cada día” y “El Poder de la Inspiración”. Conduce en redes sociales el programa “Entrelazados”, donde entrevista líderes de América y Europa con el propósito de ver unido al cuerpo de Cristo. Es conductor de “Afectados”, programa radial que se transmite por Radio Mitre (Cañada de Gómez). Comparte su podcast titulado “Más Profundo” ofreciendo reflexiones enriquecedoras para el alma. Leandro vive en San Genaro (Santa Fe, Argentina) con su esposa Elisabet y sus hijos Theo y Zoe. Su pasión por seguir a Cristo se refleja en su compromiso de compartir un mensaje transformador y edificante.     

leandrojesusoviedo@live.com.ar     

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