El breve libro de Abdías denuncia enfáticamente contra Edom, «(…) estás abatido en gran manera». «La soberbia de tu corazón te ha engañado», «de ahí te derribaré», «Todos tus aliados te han engañado». Etc. Etc.
Pero ¿Qué pasó para que tal denuncia fuera con tanta severidad? Vamos a ver un poquito el tema:
Edom era el pueblo descendiente de Esaú, mientras que Israel descendía de Jacob. El conflicto entre Jacob y Esaú (Génesis 25 y 27) se prolonga simbólicamente en la historia de las dos naciones. Esaú y Jacob eran hermanos, pero su relación quedó marcada por rivalidades y engaños. De esa raíz brotó una enemistad que se reactivó en momentos de crisis.
El punto culminante se dio cuando Jerusalén cayó bajo los babilonios (586 a.C.). En vez de solidarizarse, Edom aprovechó para burlarse, saquear e incluso entregar fugitivos (v. 10-14).
Esto fue percibido como la máxima traición: el hermano que se regocija en la desgracia del otro. Edom, además, era un pueblo que se sentía seguro en las montañas de Seír. Su geografía le daba una falsa sensación de invulnerabilidad. Creían que nadie podía conquistarlos, y esa confianza los volvió arrogantes. Abdías responde:
«Aunque te remontes como águila, y aunque entre las estrellas pongas tu nido, de allí te derribaré», declara el Señor. (v. 4).
El día de Yahvé como horizonte universal
El juicio contra Edom no queda en un asunto local. Abdías lo universaliza con la expresión clave: «Porque cercano está el día de Yahvé sobre todas las naciones» (v. 15).
Lo que Edom hizo se vuelve paradigma: la violencia y la indiferencia frente al hermano caído son un pecado que Dios no pasa por alto. El principio es claro: «Como hiciste, se hará contigo; tu recompensa volverá sobre tu cabeza». Abdías convierte la historia particular en una advertencia cósmica.
Pecado de omisión y cultura de la crueldad
Lo notable es que Edom no fue el invasor principal. Su pecado fue la indiferencia activa: mirar, alegrarse, colaborar, saquear lo que quedaba. No siempre ser verdugo, pero sí aprovecharse de lo que el verdugo deja atrás.
Esto conecta con un tema actual: la cultura de la crueldad. Muchas veces no somos quienes infligen directamente el daño, pero nos dejamos arrastrar por la indiferencia, por el goce morboso de ver al otro caer o por el beneficio que se obtiene del sufrimiento ajeno. La materia prima de las redes sociales es el morbo de ver cómo les pegan a otras personas.
Abdías pone el dedo en esa llaga: el juicio divino alcanza también a los que hacen negocio o espectáculo del dolor del prójimo.
El pecado de Edom simboliza la indiferencia institucionalizada: cuando el sufrimiento ajeno se vuelve espectáculo o mercancía. La profecía desenmascara esa cultura de la crueldad.
La inversión de la historia
El libro no se detiene en el castigo de Edom. Culmina con un horizonte de esperanza:
■ «En el monte Sión habrá liberación». (v. 17).
■ «Los deportados volverán a su tierra». (v. 19-20).
■ «El reino será de Yahvé» (v. 21).
Esto último es clave: el mensaje de Abdías no es de venganza. La ruina de Edom prepara el camino para que Sión se restaure y Dios afirme su reinado. El verdadero desenlace no es el aniquilamiento del enemigo, sino la proclamación de la soberanía divina sobre la historia.
Fernando Esteban Rodríguez es Orientador Superior en Teología y Licenciado en Teología, graduado del Seminario Internacional Teológico Bautista SITB de Buenos Aires. Dirige el programa de estudios Prosigue a la Meta.
Es autor de cuatro libros: “Las Tablas y el Madero”, “De las palabras al Mensaje: Explorando las claves de la interpretación bíblica”, “Apocalipsis, de la angustia a la esperanza” y “Creer con razón”.