Frase del día:
«El alma que se pierde en el ruido, olvida el tono de la voz de Dios». — inspirado en Agustín de Hipona
Volver. Una palabra tan simple que a veces evitamos porque pensamos que es sinónimo de derrota. Pero no. Volver —cuando es hacia adentro, hacia la verdad, hacia Dios— no es retroceder: es reencontrarse.
Vivimos atrapados en un ritmo que nos empuja sin preguntarnos si queremos ir tan rápido.
Hay días en los que pareciera que si no avanzás, desaparecés.
Si no producís, no valés.
Si no mostrás, no existís.
Pero te cuento algo: hay un punto en la vida donde la prisa se vuelve ruido, y el ruido se vuelve niebla.
Corrés, sí, pero sin ver.
Empujás, sí, pero sin sentido.
Y ahí, sin darnos cuenta, empezamos a perdernos.
Ahí nace el arte de volver.
Volver no significa renunciar al sueño… significa recuperar el propósito del sueño. Es como limpiar un vidrio empañado: lo que estaba ahí siempre se ve otra vez.
■ ¿Cuántas veces seguiste un plan solo porque ya lo habías empezado, aunque el alma te estaba diciendo que no?
■ ¿Cuántas veces te esforzaste por ser fuerte, cuando en realidad necesitabas ser sincero?
■ ¿Cuántas veces quisiste “seguir avanzando” solo para no reconocer que estabas agotado?
El arte de volver empieza con una verdad incómoda: no siempre la salida está adelante.
A veces está dentro.
A veces está arriba.
A veces está en volver a la calma que dejaste tirada por ahí entre una preocupación y una notificación.
Dios nunca se fue.
Nunca se alejó.
Nunca hizo silencio para castigarte.
Pero el ruido que llevamos adentro hace difícil escucharlo.
Y el ruido no siempre es externo: a veces es interno.
La voz que te dice “tenés que poder con todo”.
La que te recuerda errores que Dios ya olvidó.
La que te exige cuando Dios quiere abrazarte.
Hay días donde la fe no te fluye.
Donde leer la Biblia se siente pesado.
Donde orar se siente raro.
Donde tu alma parece estar apagada, como un celular con poca batería.
Ahí, justamente ahí, empieza este arte casi olvidado: volver al silencio.
Porque el silencio no es ausencia.
Es presencia… sin interrupciones.
Un amigo me contaba que siempre manejaba escuchando radio, música, podcasts… lo que fuera.
Le daba miedo la idea de «escuchar sus propios pensamientos».
Hasta que un día, sin querer, se le rompió el parlante del auto.
Tenía 30 minutos de viaje en silencio.
«Fue horrible al principio —me dijo—, pero después… me di cuenta de que extrañaba mi propia voz. Extrañaba pensar. Extrañaba sentir. Extrañaba a Dios».
Nos pasa más de lo que creemos.
A veces no es Dios el que no habla: somos nosotros los que no dejamos espacio.
Jesús también se apartaba.
No porque estuviera cansado de la gente, sino porque sabía quién era Él cuando nadie lo aplaudía. Sabía que la fuerza no viene del movimiento, sino de la conexión.
Y cuando esa conexión se corta, la fe se transforma en rutina y la vida en obligación.
Volver es un acto de humildad. Es mirar al cielo y decir:
«Dios, me perdí un poco… ¿podemos empezar de nuevo?».
Y lo hermoso es esto: Dios no dice «¿recién ahora venís?».
Dice: «Te estaba esperando».
Volver es permitirte descansar sin sentir culpa.
Es sacarte la mochila de exigencias que vos solo te cargaste.
Es admitir que no tenés todo resuelto… y que está bien.
Porque la vida no pide perfección: pide sinceridad.
Hay batallas que no se ganan avanzando, sino deteniéndose.
■ Detenerse para respirar.
■ Detenerse para ordenar el alma.
■ Detenerse para mirar a Dios a los ojos otra vez.
Volver también es recordar quién sos cuando se apagan las luces.
Lo que valés cuando nadie te está evaluando.
Lo que tenés cuando todo lo que falta deja de gritar.
El alma tiene un tono.
Un tono propio.
Una melodía que solo se escucha cuando todo se detiene un poco.
Y cuando volvés… ese tono vuelve.
Y con ese tono vuelve la paz.
Vuelve el sentido.
Vuelve la fe.
Vuelve Dios a ser el centro, no porque Él se movió, sino porque vos volviste a mirar.
Volver no es perder tiempo.
Es recuperarlo.
Volver no es fracasar.
Es despertar.
Volver no es retroceder.
Es recordar el camino que te lleva a casa.
Y en esa casa, Dios sigue ahí.
Sin prisa.
Sin ruido.
Sin reclamos.
Solo esperándote.
Como un Padre que conoce el arte más bello:
el arte de recibirte… cada vez que decidís volver.
Imagen de Fran Soto en Pixabay pixabay.com

Leandro Jesús Oviedo
Es comunicador, escritor y orador, con una vocación clara: inspirar a la generación actual a conocer y servir a Dios en todas las áreas de la vida. Fue ordenado como evangelista por sus apóstoles Sergio y Liliana Galetto del Ministerio Fuente de Vida. Es autor de los libros: “Descubre quién eres”, “El Café de cada día” y “El Poder de la Inspiración”. Conduce en redes sociales el programa “Entrelazados”, donde entrevista líderes de América y Europa con el propósito de ver unido al cuerpo de Cristo. Es conductor de “Afectados”, programa radial que se transmite por Radio Mitre (Cañada de Gómez). Comparte su podcast titulado “Más Profundo” ofreciendo reflexiones enriquecedoras para el alma. Leandro vive en San Genaro (Santa Fe, Argentina) con su esposa Elisabet y sus hijos Theo y Zoe. Su pasión por seguir a Cristo se refleja en su compromiso de compartir un mensaje transformador y edificante.